Lotería

La nobleza del pueblo español: la buena gente llana; esa gente sencilla, trabajadora, honrada, a la que tantas veces se hace referencia.  A esa buena gente, a esa nobleza, la podemos ver, en su justo término, el día del sorteo de Navidad, cuando, producto del más puro azar, una lluvia de millones les cambia la vida.

El espectáculo que se genera es bochornoso. Unos lo llaman alegría. Otros lo llamamos vergüenza. Los medios de comunicación, con la cómplice sonrisa en la boca, amplificadores del chabacano espectáculo, se encargan una y otra vez, machaconamente, de invitarnos a envidiarlo. La alegría desbordante de esa buena gente, remojándose en cerveza y vino barato, echándose a bailar en la calle, coreando a voz en grito el número premiado, me produce escalofríos. Cada año no es lo mismo, sino que es peor. La presencia de cámaras los excita, la vanidad los transforma, la soberbia les traiciona, y una mueca de revancha se dibuja en sus rostros. ¡Ahora me toca a mí!, parece que piensen. Y es verdad, ahora les toca a ellos.

¿Qué va a hacer con el dinero? Ah, pues tapar algunas deudas, comprarme una casa, hacer un gran viaje; ya me tocaba cambiar mi vida. Cambiar su vida. Han confiado a la suerte cambiar su vida, como el jugador de ruleta. Todo un triunfo. El primer inconveniente es que un 20% lo han de pagar como impuestos. Si te tocó un millón solo te quedarán ochocientos mil. ¡Esto es injusto!, braman, olvidándose de que, hasta ese momento, hasta antes de cambiar su vida, escupían a la cara del poderoso, del explotador. Tenían, y a mucha honra, lo que se llama conciencia de clase. ¡A freír puñetas la conciencia de clase! Ahora me toca a mí.

Tras la jarana inicial, desaparecen. Tapan sus deudas. Cambian de barrio, o de ciudad. Los bancos se hacen sus amigos, cuando antes ellos tenían que hacer media hora de cola ante la ventanilla para mendigar un adelanto hasta fin de mes. La buena gente se convierte en gente reservada. Aprenden, aunque no siempre, que la mejor defensa es el silencio. Empiezan a hablar de fondos de inversión ligados a materias primas, de renta fija y variable, sin tener la menor idea. Buscan rentabilidad: un 5%, un 10%, ¡un 20%! Alimentan, con sus nuevos millones, la máquina financiera, que no tiene alma, ni moral, ni principios, ni valores, excepto los de la bolsa. Y entonces piensan mucho a quién van a votar, no vaya a ser que la situación se haga inestable, que le suban los impuestos, o que cualquier otra circunstancia los perjudique.

Llega otra vez la Navidad, y les coge arrellanados en su nuevo sofá, frente a una ordinaria chimenea, en su nuevo chalet de mal gusto, mirando sin parar la tele, que de eso saben un rato. En eso no cambian. Y desde su nueva situación miran con desdén a los pobres desgraciados, a los que todavía tienen conciencia de clase, hacer interminables colas ante las administraciones de lotería. Pobre gente -piensan- que depositan sus esperanzas a la suerte. Ilusos. A mí ya me ha tocado.

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